Esa noche de un día agitado apenas pegué pestaña. No por el terremoto, ni por las réplicas… era una sensación persistente de haber estado en la puerta del infierno y que mi familia y yo fuimos sacados de ahí por la gente que me aprecia. Sin embargo, ese mismo cariño me hizo descansar y redoblar el esfuerzo para tratar de normalizar todo lo antes posible. Al día siguiente, llegaba Ignacio para quedarse con nosotros. Levantarse era obligatorio.

El día anterior, mientras ocurría la alerta de tsunami, Cecilia trató de comunicarse con los chicos en Tomé. Ignacio le preguntó “¿Mamá, dónde está el papá? ¿por qué no está contigo?”. Con eso me mató de entrada. Él estaba con toda la idea de regresar a casa, para acompañar a la mamá…

– ¿Qué hacemos? – le pregunté a Cecilia

– Él se quiere venir. Pedro lo puede traer en el pique de mañana.

– Bueno… acá la cosa está más tranquila. Creo que sería una buena idea para comenzar a desterremotearnos. Además, acá puede estar con sus amiguitas.

Decidido: Nacho regresa ese jueves. Pasado el mediodía (recordemos que estabamos con toque de queda hasta las 12 horas) nos llamaron para avisarnos que Nacho venía en camino, con Cindy y mi concuñado Pedro. Llegaron como a las 12.30 a la casa. Ignacio me tendió sus brazos y no pude evitar que una lágrima corriera por mi mejilla.

– Papá… no llores. Ya estoy aquí.

Lo abaracé con más fuerza. Cindy venía algo triste… la abracé. Le pregunté si se iba a quedar. “Vuelvo a Tomé… la mama y la tia Nena me necesitan más”. Volvería el 12 de marzo, después de su cumpleaños.
En el intertanto, fui a la Copec de la Autopista, la misma que hace unos días atrás estaba destrozada por los saqueos, que ya reponía el servicio de suministro de combustible. Pedro me pasó un bidón para comprar algo de bencina. La fila de a pié llegaba hasta la puerta del INACAP. Estuve en la fila durante 5 horas y media ¡y no alcancé a comprar! Sin embargo, pude compartir con gente de otros lados, y me enteré de detalles de cómo estaba la situación.

Un lugar común: el miedo a los saqueos. Un “mito”: la turba. Yo les conté que no era tan así, ya que nosotros habíamos enfrentado una “de verdad”. Todos los otros barrios estaban organizados de la misma forma, pero no todos se habían encontrado con la situación de defender el lugar.

Me enteré que había lugares donde la gente escuchaba que “venía la turba” y al final no pasaba nada. Finalmente, la gente andaba tan paranóica, que juraba que la gente del barrio del lado la iba a asaltar, mientras que la gente del otro lado pensaba lo mismo de ellos. ¡Incluso nos miraban con miedo a nosotros!

Por un lado, eso me comenzaba a tranquilizar. La gente poco a poco se daría cuenta y todo volvería a la normalidad. El abasto estaba volviendo paulatinamente. Los supermercados hacían venta controlada y algunos negocios comenzaban a vender lo que podían conseguir.

Volví a la casa sin bencina, pero fui a buscar agua a un camión cisterna enviado desde Chiloé (gracias a los Bomberos por el sacrificio). Esa noche no hice guardia, para poder estar con Cecilia e Ignacio. Dormimos los tres juntos en la cama grande. A eso de las 6 de la mañana del viernes sentimos cómo la zona de ruptura nos daba los “buenos días” con una sacudida de 6.2 Mw. Como no pude volver a dormir, me conecté a internet para saber más sobre la remecida.

Viendo la televisión y sintiendo como se seguía acomodando la tierra, Cecilia se puso impaciente y me pidió que bajara a Ignacio, por si teníamos que salir de la casa. Acostamos a Nacho en el sillón y Cecilia se acomodó sobre la alfombra. Cada cierta cantidad de tiempo sentíamos como venían réplicas suaves. Hasta que a eso de las 8.45 vino el “desayuno”. Sentí como la casa vibró, el suelo se movió en círculos y vino un golpe feroz, que hizo saltar los pocos vasos que quedaban. Luego se calmó: 6.6 Mw. Otra similar se produjo diez días después, y nada me saca de la cabeza que esa fue la réplica fuerte que todos esperaban (ojalá así sea).

Mi hijo me miró con cara de susto, Cecilia se paró rápidamente y abrió la puerta. Yo tomé a Ignacio en brazos y me puse bajo la puerta. Ví como los cables del tendido eléctrico se movían aún. Ahora Ignacio estaba tranquilo.

Nacho estaba comenzando a recuperar su ritmo de vida, jugando con sus amigos del barrio y participando de la vida en común que teníamos con los vecinos. Eso me dejaba tranquilo para poder retomar el mio.

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