Después de quedar tranquilo con el estado de la Universidad y saber que la familia de mi primo estaba bien, me quedé con unos vecinos, que fueron hacia el servicentro de las Lomas de San Sebastián a comprar bencina. En eso estabamos, entre chistes e historias del terremoto, cuando sentimos una réplica bastante fuerte. Radio Bío-Bío entregaba la información: 5,9 Mw, con epicentro en las costas de Concepción. No le dimos mayor importancia, hasta que vimos pasar un vehículo verde oscuro con baliza roja, con el conductor gritando por un altavoz “¡Alerta de Tsunami confirmada!”.

Mi vecino me dijo: “¡Súbete al auto!”. Vimos como el camino hacia la bencinera quedaba despejado. “¡Ah, no! Si acá no llega la ola… vamos a hacer bencina primero”. “¿Seguro?” decía yo, viendo como los vecinos de Antilhue y las Lomas de San Sebastián corrían cerro arriba hacia del Kingston College. Yo trataba de pensar “un 5,9 no genera tsunami… pero la alerta la dio alguien oficial”. Tratabamos de sintonizar la radio, pero nadie tenía la información oficial. La Bío-Bío decía que sí, en Santiago no sabían, en un televisor del servicentro se veía TVN con un cartón “Alerta de Tsunami para Talcahuano“. Gritos, gente corriendo, automóviles tratando de dar vueltas en “U” bloqueando el tránsito… un caos. Hasta que Radio Bío-Bío volvió a acertar: Gastón Saavedra, alcalde de Talcahuano, salía al aire diciendo que el mar estaba tranquilo, que no había movimiento y que la Armada le había dicho que no había nada. Esto fue respaldado por la ONEMI, por lo que se levantó la alerta de forma inmediata.

¿Qué había pasado? Tras la réplica, alguien le dijo a Bomberos de Talcahuano que el mar se estaba recogiendo, y estos dieron la alerta general… Digno de Chicken Little.

Logramos salir del atochamiento y regresamos a Brisa. Hacia Hualpén, vimos como se incendiaba el Súper 10 y cómo había gente en las zonas más altas, esperando la “ola que venía”. Mi vecino me dejó en la calle principal y corrí hacia mi casa. Cecilia había huído con Felipe y Paula, mis vecinos… mientras Juan Carlos, Manuel y otros vecinos estaban en nuestro centro de reunión, preparándose para almorzar.

– Vecino… tome un platito para almorzar.
– ¿Y la Cecy? – pregunté
– Se fue con Felipe y Paula. Con la alerta todos los vecinos arrancaron.

Me senté con mi plato de guiso… entre los nervios y el enojo por la falsa alerta, lo último que quería era comer. Pero la naturaleza pudo más, y le hinqué el diente al plato. Ensalada, Coca-Cola y la conversación amenizaron el almuerzo. Estaba terminando cuando regresó Felipe con el resto de la tropa. Cecilia bajó enojadísima…

– ¡Nunca más me hagas esto!
– Pero amor… no podía saber…
– Pero ¿a qué fuiste a la Universidad? ¡nadie más fue a trabajar!
– Entiende… en la U estuve 5 minutos. Después me fui a Antilhue a saber de Guido y Gloria. Me quedé con unos vecinos que hacían fila para la bencina cuando pasó esto, pero…
– ¡Pero nada!… no ves que me preocupé.
– ¡Y tu crees que yo andaba de paseo! ¡Yo también me preocupé por tí! Nos vinimos directo de regreso y cuando llegué ya no estabas. Por lo menos me hiciste caso sobre como enfrentar estas situaciones. Además, tu sabes que en las Lomas es más seguro, y que acá ya no pasó nada…

No había caso… no había forma de hacerla entrar en razón. Tal vez lo veía como una traición, como que la había abandonado. Cuando le bajó el enojo, me dijo “Te llamaron de Santiago… Rodrigo”. “¿García? ¿Fuentealba?” le dije… “No sé. Llamó justo cuando ibas saliendo”. En eso estaba, cuando suena el teléfono.

– ¡Hijo!
– ¡Mamá! ¿cómo están por allá?
– Nosotros bien… he visto a Nachito y a Cindy por acá. El otro día les pasé a dejar leche.
– ¡Gracias! (se me comienza a hacer un nudo en la garganta)
– ¿Y tu casa? ¿Cómo estaba todo? – me preguntó
– Bien… todo bien. Perdimos la cristalería, pero estamos en pie y caminando. Ahora ando emputecido con la alerta de tsunami falsa…
– A mi me pilló cargando bencina – dijo mi mamá -. Después arrancamos a El Santo, pero no pasó nada, así que bajamos. ¡Qué bueno que estén bien! Te dejo… un beso.
– Gracias madre… ¡te quiero mucho! (las lagrimas ya rodaban por mis mejillas)

Corté. Al ver que tenía energía y línea, me dí la maña de comenzar a reinstalar los dispositivos de internet. Estaba desenredando cables cuando sonó el teléfono de nuevo. Número de Santiago. Una voz femenina.

– ¿Aló? ¿con Javier?
– Sí…
– Hablas con Camila Gálvez.

Mi amiga y “hermana” Camila. La Nefertiti de las JRSL. Sólo bastaron tres días de trabajo y tesón para forjar una gran amistad. Comienzo a enterarme de las cosas… En la televisión en Santiago sólo han mostrado los destrozos. Talcahuano lleno de barcos y containers en las calles, los saqueos, los edificios colapsados en Concepción, los puentes del Bío-Bío inutilizables. “¿Cómo estás?” “¿Cómo está tu casa?” “Necesitabamos saber de tí, cómo no te contactabas”. Imposible contactarme, ya que sin energía eléctrica no funcionaba nada. “Nada Cami… acá no pasó mucho. Mi casa está entera… nos organizamos con nuestros vecinos para cuidarnos y hacer olla común. Todo va bien… tenemos energía y comunicación, de hecho me estaba preparando a conectar la red”. Me contó que los egipcios habían montado un dispositivo de búsqueda en Internet para averiguar de mi situación, que la gente de Mozilla había bombardeado con mensajes por Twitter, que Sarah Doherty había estado pendiente de mi situación, que Boris Quiroz se había puesto la camiseta de las JRSL porque presentía que ese día nos ibamos a contactar.

Yo no lo podía creer. Si días antes escuchaba en la radio que mucha gente era buscada por Internet, haber aparecido en esos términos era simplemente notable. Camila se despidió, recordándome que le pidiera lo que me hiciera falta. Seguí desenredando cables, cuando de nuevo suena el teléfono… otro número de Santiago, pero esta vez la voz era mucho más suave y me habló en inglés.

– Hi… Javier. It’s Sarah Doherty.

Eso fue demasiado. La Marketing Manager de Mozilla con quien trabajamos codo a codo en el MozCamp y en las JRSL me llamaba desde Mountain View, California -los cuarteles generales de Mozilla Corporation-. Sentí una corriente eléctrica recorrer por mi espalda, mientras un nudo se hizo en mi garganta y un tsunami de lágrimas corrió por mis mejillas. “Sorry Sarah… I can’t talk now… I’m… so… happy…” y fue todo. Sarah sólo dijo “It’s OK. I just wanted to hear your voice, just to know that you’re fine… try to connect to internet and we’ll chat. OK?“. Un debil “OK” salió de mi boca y corté.

Cuando conecté internet, comencé a revisar mis perfiles de Facebook y Twitter… y este último me dejó helado: una cadena de mensajes y retwitts, que incluía a los egipcios, a periodistas, a gente de Mozilla y ex-alumnos. Y eso no era todo… me enteré que Firefox Chile (Rodrigo García y Francisco Collao, principalmente), ChileMoz (Eduardo Escárez principalmente) y Mozilla (son muchos para nombrarlos) habían redoblado esfuerzos para averiguar de mí y mi familia. Sarah me comentó por chat que el día lunes 1 de marzo todos en Mountain View andaban con las poleras del MozCamp Hispano, que más que nunca tenían un significado especial: esas camisetas fueron estampadas en Concepción por mi amigo Alfredo Retamal, que viajó a Santiago a entregarlas en el mismo evento. Esas camisetas no sólo solidarizaban con Chile: directamente apoyaban a Concepción, el lugar donde fueron hechas, como muestra de que debemos levantarnos.

Esa noche de un día agitado apenas pegué pestaña. No por el terremoto, ni por las réplicas… era una sensación persistente de haber estado en la puerta del infierno y que mi familia y yo fuimos sacados de ahí por la gente que me aprecia. Sin embargo, ese mismo cariño me hizo descansar y redoblar el esfuerzo para tratar de normalizar todo lo antes posible. Al día siguiente, llegaba Ignacio para quedarse con nosotros. Levantarse era obligatorio.

(Continuará…)

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