Me correspondió el turno de las 20 horas hasta la medianoche. Fui a casa, estuve con mi gente y me acerqué al puesto de vigilancia más tarde. Mi mujer se quedó con los vecinos, ayudando a preparar la once. Daba gusto ver que en otros pasajes y calles donde había vecinos que antes no se hablaban, estaban todos unidos, compartiendo la comida, una historia o una pena. Entre réplicas y abrazados con Cecilia, logramos dormir en nuestra casa esa noche de domingo.

La mañana de lunes comenzamos a terminar de ordenar las habitaciones. En nuestro dormitorio el ropero “caminó” 50 centímetros, hasta topar con la cama, atajado por la ropa que salío volando de las repisas laterales. El dormitorio de Ignacio tenía el televisor en el suelo, su colección de trenes completamente volcada y una piñata de Thomas Locomotora encima de su cama. La pieza de Cindy era una zona de guerra: su ropero caído encima de la cama, el televisor -partido en dos- en el medio del dormitorio, el mueble del computador se movió hacia el medio del dormitorio y se tropezó con el ropero -aunque el monitor y el computador cayeron de tal forma que no les pasó nada-.

Precisamente estabamos levantando los muebles de Cindy, cuando comenzamos a escuchar silbatos. Cecilia me dijo “¿qué es ese ruido?”. Yo escuché con atención y le exclamé “¡Hay problemas! Alguien entró…”. Bajé rápido, le dije a Cecy que cerrara la puerta y no le abriera a nadie… La “Turba“, esa mezcla de mito urbano y aterradora realidad, había llegado a Brisa. Con mi garrote en la mano salí con todos mis vecinos, escuchando hacia dónde se escuchaban los silbatos. “En Carriel Norte… metieron un camión por Carriel Norte” escuché a un vecino. Vi pasar varios autos llenos de vecinos hacia la entrada norte de Brisa del Sol. Otro vecino gritó “¡Están en los pasajes! ¡Vamos a acorralarlos!”… los que ibamos a pie corrimos a cerrarles el paso. De pronto vimos aparecer a grupos de 2 individuos, con 20 vecinos persiguiéndolos a pie.

Logramos acorralarlos… algunos vecinos descargaron la rabia y la frustración contra ellos -después de todo, como tenemos fama de “barrio de ricos”, algunos ladrones se han cebado y han entrado a robar a varias casas-. Lo positivo: después de años que los vecinos decían “estar organizados contra la delincuencia” demostraban un poco de esa organización y salían a defender lo suyo.

La historia

Como podrán percatarse, hasta ahora sólo he contado la parte que me tocó ver. Conversando con los vecinos me hice una idea de lo que ocurrió en general.

Durante la noche anterior, mis vecinos del fondo habían montado guardia y escuchaban a un grupo de individuos que les decían: “Vayan a dormir para poder entrar”, “Vamos a entrar” o “No sacan nada, si los vamos a saquear igual”. Eso hizo que los vecinos se mantuvieran con la guardia en alto. A mediodía, tres chicos montaban guardia en la entrada de Carriel Norte, y en eso estaban cuando llega un camión repartidor de bebidas y se estaciona.

El conductor dice “vengo a buscar agua”. El encargado del puesto le dice “no puede pasar. Este acceso está cerrado”. El tipo retrocede, apunta el camión hacia la entrada y sobrepasa la protección. Sin embargo, en lugar de acelerar, frena en seco, se levanta la carpa trasera del camión y bajan 20 tipos. “¡Ahora corran, huachos de mierda!”, lo que hizo que los chicos del puesto de guardia huyeran, corriendo hacia las calles y pasajes interiores de Brisa, tocando sus silbatos.

Con tal barullo, comenzaron a salir los vecinos, quienes cerraron el paso a la turba e hicieron que se diseminara. Al final, el grupo de 20 quedó reducido a 12, los cuales fueron reducidos por los vecinos y entregados a la fuerza militar que acababa de llegar. Los 8 que escaparon se fueron por fuera de la reja, gritando “¡déjenlos, si veníamos a buscar agua no más!“… por más que buscamos, no encontramos los envases que habían traído para el agua. A buen entendedor…

Toque de queda

El resto de los días, en conjunto con Carabineros, Investigaciones y la Infantería de Marina, logramos mantener el perímetro cerrado. Sin embargo, otros no tuvieron la misma fortuna. Esa misma tarde, mientras almorzabamos, escuchábamos a la -en ese entonces- alcaldesa Van Rysselberghe y al alcalde Rivera pedir al gobierno toque de queda y que los militares salieran a las calles, sobre todo con lo impactante que resultó escuchar al alcalde de Hualpén llorando al teléfono, porque una turba ingresó a saquear la municipalidad sin importar quien estuviera adentro, mientras era puesto al aire en Radio Bío-Bío.

Por fin el Gobierno dejaba de lado su tozudez y declaraba el estado de excepción constitucional, disponía un toque de queda desde las 21 horas hasta las 12 horas del día siguiente y daba orden a los militares de controlar la seguridad ciudadana. Creo que para muchos de quienes crecimos durante el Régimen Militar teníamos una perspectiva negativa del toque de queda, pero en estos casos era completamente necesario, ya que la gente estaba sin control.

Así pasamos hasta el miércoles, entre guardias, toque de queda y parrilla común. Los servicios comenzaban a restituirse: volvió el gas y la energía eléctrica. Anunciaron que habían varias bencineras que comenzaban a vender combustible, así que se sentía regresar la normalidad, aunque sólo teníamos 6 horas de libre tránsito, ya que el toque de queda comenzaba a las 6 de la tarde y terminaba a las 12 del día. Por eso, esperabamos ansiosos el mediodía para salir a comprar comida o combustible… yo salí para ver cómo estaba la universidad y a visitar a mi primo, cuya esposa estaba a punto de dar a luz.

Después de quedar tranquilo con el estado de la Universidad y saber que la familia de mi primo estaba bien, me quedé con unos vecinos, que fueron hacia el servicentro de las Lomas de San Sebastián a comprar bencina. En eso estabamos, entre chistes e historias del terremoto, cuando sentimos una réplica bastante fuerte. Radio Bío-Bío entregaba la información: 5,9 Mw, con epicentro en las costas de Concepción. No le dimos mayor importancia, hasta que vimos pasar un vehículo verde oscuro con baliza roja, con el conductor gritando por un altavoz “¡Alerta de Tsunami confirmada!“.

(Continuará…)

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