“El vicio rara vez se insinuó oponiéndose a la honradez; casi siempre toma el disfraz de ésta.”
– Jean Jacques Rousseau

Llegamos a Concepción… nuestro nuevo amigo nos dejó en la Rotonda, y caminamos hacia Barrio Norte para buscar quien nos llevara a Talcahuano. Ahí comenzamos a ver la otra cara del terremoto…

Mientras avanzábamos veíamos a la gente como posesa. Un par de tipos empujaban una máquina de helados, dos niños bajaban un paquete de bebidas de la parte trasera de un camión tres cuartos, otros tantos se agolpaban en la parte de atrás de un carretón para bajar una caja. En eso, tratabamos de hacer dedo para seguir hacia el puerto, pero nadie nos llevaba (imagino que pensaban que andabamos en las mismas que el resto de la gente). Al lado nuestro vimos a un hombre ya mayor, con una botella de ron en la mano. “No los van a llevar… no ve que nos tienen miedo” dijo con la lengua traposa. Le dije a mi mujer que atravesáramos al bandejón central de Alonso de Ribera, ya que la situación a ambos lados de la carretera era peligrosa.

Sin embargo, llegando al paso a nivel, sentimos un vehículo que nos tocó la bocina y se estacionó. Corrimos.

– ¿A dónde van?
– A Talcahuano.
– Suban… nosotros los llevamos.

Era un matrimonio. Venían desde Nonguén y se dirigían a Los Lobos. Nos contaron que Talcahuano había desaparecido… que el maremoto lo había destruído. Que había barcos y containers en Blanco y Colón. Le preguntamos por la agitación de la gente.

– Están saqueando todo… Concepción es una zona de guerra… nadie respeta nada. La gente se está metiendo a los supermercados y a los negocios a sacar de todo. En Palomares saquearon las bodegas de Ripley y Falabella.

Ahí comenzamos a tomarle el peso a la situación. La gente estaba descontrolada, la autoridad se vio sobrepasada y si no alcanzabas, simplemente te quedabas sin nada. Yo trataba de racionalizar la situación: “la gente no alcanzó a pagarse… no alcanzó a hacer despensa… no saben hasta cuando van a alcanzar”. Algo no me cuadraba… A 36 horas del terremoto, no creo que todos se estuvieran muriendo de hambre o sed. Había algo más.

Llegamos a Brisa del Sol. Al bajarnos, vimos una columna de gente buscando agua en la puntera del INACAP. El servicentro y la farmacia de la entrada estaban destruídos: vidrios rotos, mercadería arrasada, dispensadores de combustible botados en el suelo. Sólo un infante de marina cuidaba las instalaciones. Esta zona de guerra tenía un oasis. Brisa del Sol parecía sacado de otro lugar del mundo. Las casas en su mayoría sin daños. Niños jugando en las calles, los vecinos conversando y compartiendo. Cuando llegué a mi casa, encuentro que mis vecinos estaban organizados: un toldo, parrilla, mesas, bebidas, carbón, leña, carnes y todo como para una fiesta.

“Compadrichi”, “Javi”, “Perrín” y todos los epítetos cariñosos al unísono… nos fundimos en un abrazo, alegrándonos de estar sin mayores novedades. Como no había gas ni luz ni agua, el plan era aportar a la parrilla con lo que se fuera descongelando. Sin embargo, faltaba revisar la casa. No fue mucho lo que se perdió: sólo la cristalería y un televisor… nada mal para 2 minutos y 45 segundos de zangoloteo.

Ordenamos lo que pudimos y salimos para almorzar con los amigos. Traíamos unos pescados fritos de Tomé, la Cecy preparó algunas ensaladas y nos unimos al festín. Sin embargo, no todo era fiesta. Había que reunirse con el resto de los vecinos para organizar las guardias. La situación era la siguiente: los supermercados habían sido saqueados, y ahora seguían los barrios acomodados… algunos vecinos decían que mucha gente de otros barrios recibió amenazas. Sí claro, es lo que decían, pero viendo como estaban las cosas, lo mejor era prevenir. Jineta blanca, un garrote de madera y una chaqueta reflectante para controlar a los vehículos que entraban a Brisa.

Me correspondió el turno de las 20 horas hasta la medianoche. Fui a casa, estuve con mi gente y me acerqué al puesto de vigilancia más tarde. Mi mujer se quedó con los vecinos, ayudando a preparar la once. Daba gusto ver que en otros pasajes y calles donde había vecinos que antes no se hablaban, estaban todos unidos, compartiendo la comida, una historia o una pena. Entre réplicas y abrazados con Cecilia, logramos dormir en nuestra casa esa noche de domingo.

(Continuará…)

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