Regresó mi blog y abro un espacio para la catarsis. Les contaré que el terremoto me pilló en Tomé. Ese viernes viajé a celebrar el cumpleaños de mi suegra. Estabamos las tres familias reunidas (los de ella, los míos y los nuestros), más dos amigas de mi hija, ex-compañeras de curso y residentes de Talcahuano. Comimos cosas ricas, nos tomamos unos buenos tragos y a eso de las 23.30 mi hija nos dijo “Queremos salir con las chicas”. Mi mujer les dijo “vamos a un pub”. Y partimos.

Fuimos al Bahía Brava. Karaoke, kilos de amigos y harta conversa. Había pasado el rato, mi mujer estaba terminando su trago para pedir la cuenta y retirarnos. Por mientras, con un amigo nos aprestábamos a cantar uno de los temas en pantalla, cuando sentimos un movimiento suave, típico de los camiones pesados que pasan por calle Portales en Tomé a esa hora de la noche. Luego… el latigazo. El feroz remezón hizo que muchos corrieran a la calle gritando, otros se metieron debajo de la mesa. Yo me quedé en el lugar donde estaba sentado, viendo con alivio como Cecilia hacia que las chicas se quedaran sentadas, para evitar un desparramo mayor. Nos hicieron salir a todos y comenzabamos a sentir las primeras réplicas en la calle.

Caminamos por Portales hasta Sargento Aldea, para ir hasta Egaña, a la casa de mi abuela. Mal que mal, a sus 93 años, ha vivido 3 terremotos y desde el que destrozó Chillán, Concepción y Tomé en enero de 1939 le tiene terror a los temblores. Mi primer pensamiento fue para ella y fui en busca de su casa. Afortunadamente, mis tíos y mi primo que viven con ella la habían llevado a un lugar seguro, ya que ante la duda de la existencia de un maremoto, decidieron que era lo mejor.

Seguimos por Egaña hasta Ralihue, donde está la casa de mi suegra. Debíamos ver cómo estaba Ignacio, quien dormía plácidamente al momento en que salimos. A medida que avanzábamos hacia la casa ibamos viendo el sendero de destrucción: rejas metálicas dobladas por una fuerza misteriosa, el cierro del Club de Ténis vaciado completo sobre el canal que lo rodea, las calles agrietadas y gente asustada caminando presurosas como sin un destino prefijado.

Llegamos a la casa. Todos estaban en pié. Mi concuñado ya había llegado, Nacho dormía, mi suegra amarraba el mueble de las copas (que se salvó de milagro) y todos estaban súmamente agitados. Llegó mi mamá y mi papá.

– “¡Mi mamá! ¿dónde está mi mamá?”, gritaba mi madre
– “Mamá, mi abuelita está bien…” le respondí. “Mi padrino vio que mis tíos la iban sacando… Tranquila… Deben haber ido a El Santo”.

Dio media vuelta y subió al auto y se fueron. No supe de ellos hasta el día siguiente.

Comenzamos a escuchar la cobertura de los hechos en Radio Pudahuel (ni señas de Bío-Bío ni de ADN). Hablaban de un terremoto en Concepción, 8.8 grados Richter, con epicentro al sureste. “¡Uf!” pensé “no hay riesgo de tsunami”. Pero parece que la cobertura estaba navegando a ciegas, ya que el epicentro había sido al nornoroeste de Concepción, y a esa hora (4.10 de la madrugada aprox.) la primera ola impactaba en Talcahuano y la Base Naval era evacuada.

Ignorando este hecho, fui visitando vecinos para asegurarme que nadie estuviera herido, mientras en casa juntaban agua, ante el inminente corte del suministro. Iba regresando de la ronda con los vecinos, cuando escucho un barullo de la casa.

– “¡Javi! ¡Toma al Nacho! ¡Hay que ir al cerro! ¡Viene la ola! ¡Viene la ola!”

En eso escucho un vehículo con un altavoz: “Dírijanse a los cerros… Alerta de Marejada“.

Subí con mi hijo cubierto con una manta al auto de mi cuñada y comenzamos la subida hacia Cerro El Santo, en caravana con el auto de mi concuñado donde viajaba el resto de la familia. Una vez en el cerro, mi hijo se movió y se acomodó en mis brazos, quedándonos los dos dormidos.

Tras un par de horas decidimos bajar, ya que las “terroríficas olas” no llegaban como esperábamos. El punto: las olas venían del norte y arrasaron con Dichato y Coliumo -hecho que hasta esa hora desconocíamos-, las que sirvieron de escudo para las costas de Tomé y Cocholgüe. De todas formas, la ola llegó a Tomé, tras rebotar en Talcahuano, entrando principalmente por los esteros Collén y Bellavista, e inundando las calles contiguas a la costa. En la bajada pudimos ver el mar: espumoso, agitado y una ola bastante alta a mitad de bahía, lista para desatar su furia. Cubrí a Ignacio y pensé: “¡Se acabó el centro!“. Afortunadamente, este temor desapareció, al ver que la ola perdía altura rápidamente. Sin embargo, quedé con la inquietud de qué había pasado.

Regresamos a casa. Nada de lo que temíamos había pasado. Yo me fui a acostar y traté de dormir, abrazado a mi hijo aún. Entre temblores logré conciliar el sueño. Tras despertar me enteré de las noticias: Dichato y Coliumo habían desaparecido, el centro de Talcahuano era un desastre, pero mi barrio no presentaba mayores problemas (esto lo supimos porque Nelson, el papá de las amigas de mi hija, viajó desde el puerto a buscarlas). Supe también de mi familia: mi abuelita estaba de regreso en su casa sana y salva, mi tío Eugenio estaba bien con su familia y mi mamá estaba en casa, ordenando el desastre de copas y loza que quedó.

La noche iba a llegar luego, y prometía que la pasaríamos en vela nuevamente. Ví como los vecinos salían de sus casas, con los vehículos cargados, hacia el cerro o hacia el campo. Tras la noche anterior, la costa no era un lugar seguro, y era mejor huir antes que la tierra decidiera desatar su furia de nuevo.

Veía las caras en casa. Todos cansados, sin dormir, temerosos de lo que podía pasar. Mi hijo andaba saltando por todos lados, como siempre, pero sus ojitos me decían que tenía un temor contenido. Mi hija, en cambio, trataba de dormir pero no podía conciliar el sueño. El menor temblor la despertaba, y eso la tenía apenada. El plan de la noche: vamos a dormir en los autos a Cerro El Santo. Echamos frazadas, una cocinilla, un balón de gas pequeño, algunos utensilios, botellas con agua, algo de comer y nos fuimos al cerro. Las chicas lograron dormir, mi concuñado también. Yo, que ya había dormido, me quedé de vigía, por lo que pudiera ocurrir.

Ví como los vecinos del cerro se agrupaban cerca de una iglesia o afuera de las casas, para compartir sus penas. Mi concuñado despertó y propuso que hiciéramos una fogata. En cuanto comenzamos a juntar ramas, un vecino nos dijo: “¿Necesitan leñita? ¡Yo les paso!”. Era la primera vez que lo veíamos, y llegó con un atado de tablas de charlata, nos ayudó a partirlas y pudimos hacer fuego. Escuchábamos en la radio a mucha gente, que buscaba familiares y amigos. Escuchaba como hablaban de búsquedas de personas por internet, y cómo llegaban avisos vía twitter. Después me haría mucho sentido esto.

Comenzaba a amanecer. La mañana estaba tranquila, por lo que decidimos regresar a casa. Había llegado el momento de intentar ir a Talcahuano. Queríamos saber cómo estaba nuestra casa, así que con Cecilia preparamos la mochila y salimos a buscar la forma de llegar a Talcahuano. Caminamos por Tomé, bajando por calle Portales. Vimos la casa de mi tío Lucho (y de pasada me enteré que estaban sin novedad, por lo que completaba la lista de mi familia sin bajas reportadas). Y seguimos caminando hacia la plaza, viendo el punto exacto por donde salió el agua del estero Collén a la altura de la plaza. La Fontana de los Tritones, la cual días antes había sido visitada por una especialista para ser restaurada, yacía en medio de la pileta. Mucha gente trataba de llegar a Concepción, pero no habían buses.

Tras consultar a Carabineros, decidimos caminar hasta Bellavista, viendo que la ola no había causado mayores estragos en Tomé. Una sola cosa me detuvo: en Los Suspiros pasamos a ver la casa de los padrinos de Ignacio. La casa -que ya había resistido el terremoto de 1939 y de 1960- tenía su estructura fisurada. Luego nos enteramos que probablemente la van a tener que demoler.

Nos paramos al frente del edificio de la Fábrica de Paños Bellavista y nos pusimos a hacer dedo. Un señor nos llevó, y nos contó que venía de Coliumo, que su casa había tenido daños, pero que su gente estaba bien y que iba a Concepción a saber de su madre. Ahí nos enteramos de lo ocurrido tras el terremoto: mientras la Armada, la ONEMI y la Presidenta se hacían un lío tratando de confirmar o desmentir la alerta de tsunami, la gente de la Vega de Coliumo, la Caleta del Medio y de Los Morros buscaba refugio en la altura del cerro, ya que veían como el mar se había recogido y buscaba desatar su furia contra ellos.

Llegamos a Concepción… nuestro nuevo amigo nos dejó en la Rotonda, y caminamos hacia Barrio Norte para buscar quien nos llevara a Talcahuano. Ahí comenzamos a ver la otra cara del terremoto…

(…Continuará).

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