El tiempo me alcanzaba y tuve que correr para llegar. “Al fondo, baje por la escalera” me indicó gentilmente un hombre de bata blanca. Y allí estaba, el Gato con dos egipcios que le rendían pleitecía. Todos miraban la escena extasiados, como si hubiesen estado esperando aquello por mucho tiempo: 5, 10, o tal vez 15 años.

Un alquimista del alma generó vida y muerte, a partir de una mezcla de música jazz, imágenes prestadas y conjuros propios. “Are you talking Tomé?” preguntó. Sí, maestro, hablamos Tomé. Luego, un sabio explicó el conjuro, no logrando eliminar la magia que se respiraba en el aire. Eso se agradece.

El Gato comenzó a hablar, a recitar en una lengua extraña. Contó la historia de un jinete adherido a su cabalgadura, a su vida y a su desgracia, que galopaba de noche y enfrentaba todo sin un mañana. Por mi mente pasaban escenas de Gibson, los neones de Chiba City -ahora, Night Citi-, las mujeres de vida fácil en las esquinas, los vaqueros de consola y los bares inmundos iluminados por mentes brillantes, todas historias antiguas en los rincones oscuros de la Galaxia.

La magia nos reunió. Nos hizo contar historias y hablar de temas perdidos en los vericuetos de la mente. Un “eso lo escuché antes” recorría persistentemente mi cabeza, un fuerte deja-vu situacional, aunque en un plano distinto del espacio y del tiempo.

Gracias amigo, por darnos la oportunidad de leerte. La Galaxia ya lo sabe. El mundo lo sabrá después.

Dedicado a Egor
Por estos días, Gato de Schroedinger
Ayer, Gato de Cheshire
Gato Freak, forever.

Anuncios