Tentáculos de humo de cigarro

No es que sea un fumador empedernido, pero me ocurrió algo muy curioso (por decir lo menos) en la Universidad hoy en la tarde.

Por razones de espacio físico, nunca fumo en mi oficina: el sólo hecho de encender el cigarro hace que se transforme en una réplica a escala de Londres. El asunto es que antes que se promulgara la ley anti-tabaco, de todas formas salía fuera del edificio a fumar.

Salí al ritual de mi cigarro diario y le pedí fuego a un alumno. Sentado a su lado había otra alumna que me dice: “Profesor, no se puede fumar”.

Eso no me molestó tanto, pero otro alumno aparece y me dice algo similar. Les dije que iba a salir fuera del edificio a fumar, pero apareció un tercero, que de manera más agresiva me dijo que no se podía fumar.

Ahí consideré que era demasiado. Los no-fumadores siempre exigen sus derechos. Es más: cuando salgo con mi hijo de tres años, y cerca hay alguien fumando, trato de no poner cerca al Nacho. Pero la nueva ley acentuó la seguidilla de “malas vibras” en contra de los fumadores.

Me parece correcto que el Estado trate los asuntos de salud pública. Pero, si es por eso, tendríamos que restingir la venta de comida rápida (o poner la foto de una persona obesa, para amedrentar a los potenciales consumidores) o la venta de licores, ya que está demostrado que afectan la salud.

Alguien me dijo que la comida rápida y el alcohol no afecta al resto, como el humo del cigarro. En eso podemos estar medianamente de acuerdo, pero considero que limitar de manera tan drástica los espacios para los fumadores puede provocar un efecto inverso al que se busca lograr.

Ejemplos históricos sobran: basta recordar la “ley seca” en Estados Unidos, que terminó con mayor cantidad de ebrios y alcohólicos, debido a la venta clandestina. En el caso del tabaco, la persecusión recién empieza, pero preferiría un poco más de tolerancia de parte de los no-fumadores, ya que la actitud de perseguir puede ser más contaminante que el humo de un pucho.

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