Castigado a la antiguaNuestro gobierno impulsó hace algunos años una reforma educacional, con la intención de mejorar la calidad del aprendizaje en los niños. La idea original era que los alumnos “aprendieran a aprender”, adquiriendo las destrezas para la obtención y el manejo de información. Esto iba adosado a un paquete de objetivos de índole ética y moral, conocidos como Objetivos Fundamentales Transversales, donde se valora el trabajo de equipo, el respeto por la diversidad, entre otros valores.

Lindo en el papel. Este “aprender a aprender” se vio menoscabado por una serie de normas de evaluación que, a lo mejor, fueron malentendidas por un grupo de docentes que debieron “reaprender su profesión” en unos pocos meses (hay algunos que incluso ahora no saben de que se trató la reforma). Estas incluyen que “la nota no debe ser punitiva” -es decir, que no debe ser considerada como un castigo- y “los alumnos de tal a cual curso son promovidos automáticamente” -desconozco si aún rige esta norma- desatando una hermosa cantidad de notas sobre 6 y alumnos que eran promovidos sin tener las habilidades mínimas para aprobar. Además, para los “que les cuesta un poco más” -sí, damas y caballeros, ya no existen los alumnos “porros”- existen varias oportunidades, e incluso las llamadas “pruebas limítrofes”, que le ofrecen al alumno la posibilidad de aprobar una asignatura si esta fue reprobada con un 3,9.

Y ¿quienes pagan el pato?. Principalmente, los alumnos, quienes entran a la educación superior con la creencia de formar parte de una elite intelectual, pero que a la primera de cambio revientan. Esto obliga a las carreras -sobre todo en universidades chicas, que no tienen la suficiente capacidad para captar los puntajes más altos de la PSU- a implementar asignaturas remediales, convirtiendo los primeros años de las carreras en verdaderos propedéuticos -según la RAE, “Enseñanza preparatoria para el estudio de una disciplina”- y restándole años a la formación disciplinar.

Según el Proceso Bolonia de la Unión Europea, la idea es crear un sistema internacional de homologación de programas y contenidos que facilite el tránsito de alumnos y transferencia de creditajes entre universidades. Esta iniciativa, conocida como Proyecto Tuning, tiende a reducir los años de licenciatura a 3 -actualmente en Chile, una licenciatura promedio dura 4 años-, para poder mejorar las opciones de postulación a postgrados, como Magister y Doctorados.

Sin embargo, en Chile no es posible adoptar de buenas a primeras esta convención, ya que se debe lidiar con alumnos que no tienen las competencias mínimas para las carreras a las que postulan, producto de un sistema educativo obligatorio permisivo, que no les entrega las armas necesarias para batirse en la educación superior y, que más encima, los sobrecalifica.

Los dejo con una curiosa declaración de una alumna de primer año: “Profesor, ¿cómo es posible que saliendo del Colegio con una nota sobre 6, ahora haya reprobado 4 asignaturas en un semestre?”. Bienvenida a la Universidad.

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